El sitio de Jerusalén

el sitio de Jerusalén

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En un hospital de campaña en Jerusalén hay muchas literas ocupadas por soldados malheridos. Suspiros, lamentos, gritos de dolor, agonía y muerte todos juntos en esta sala del hospital, pero la atención está centrada en una litera concreta, ocupada por otro soldado malherido. Junto a él están el hermano hospitalario encargado del cuidado de estos hombres y dos hombres de guerra, vestidos con cotas de malla y una sobrevesta tosca de algodón sobre la cual están bordados en pecho y espalda los emblemas de su orden del Temple. El hombre sobre la cama viste con sus mismos símbolos, solo que sus vestiduras están polvorientas y cubiertas de sangre seca. Están discutiendo en presencia del templario herido.

– Venimos a llevarnos a este hombre, tenemos orden de escoltarlo vivo o muerto ante la presencia de nuestro comandante – está explicando uno de ellos, no pongas trabas a nuestras órdenes.

– Este hombre, como podéis ver, hermanos, no está en condiciones de ir con vosotros a ningún sitio, y es posible que acabe con sus huesos aquí mismo. Sus heridas son muy serias.

– Mostradnos sus heridas, graves acusaciones pesan sobre él y tenemos que cerciorarnos de que es en realidad el hombre que buscamos.

El hermano enfermero pertenece a la orden de San Juan del Hospital. Fue fundada unos pocos años antes de la primera cruzada y, siguiendo el ejemplo de la Orden del Temple, se convirtieron en un verdadero ejército al que se encomendó la protección de los peregrinos que se dirigían a los Santos Lugares, así como cuidar a viajeros, pobres y enfermos. Visten una sobrecota oscura con una cruz blanca sobre el pecho. El hermano enfermero está inquieto porque conoce a los dos hombres, son capitanes templarios, obstinados y combativos como pocos. Accede a sus requerimientos a regañadientes y, ayudado por otro monje gira al herido sobre la litera para mostrar tres heridas en su espalda. Son heridas muy feas, producidas por tres saetas sarracenas con punta de arpón que le han desgarrado los músculos en hombros y espalda.

– Es el que buscamos, sin duda. Debes entregarlo. Este hombre debe pagar su infamia, es un cobarde. La orden no puede admitir cobardes en sus filas, la vida de cada hermano depende de los demás.

Si un templario recibía heridas en la espalda, era señal inequívoca de que había sido en retirada o huyendo del campo de batalla, dejando a otros hermanos sin cobertura o defensa. Era un delito muy serio y castigado a menudo con el destierro, la excomunión, o incluso con la vida.

El hermano hospitalario no sabe qué hacer. Las normas de la orden son estrictas y claras en estos casos. Aun así, por propia convicción con sus votos y su modo de vida, rehusa a poner las cosas fáciles a los dos capitanes.

– Debo insistir. Este hombre está herido de muerte y está bajo la protección del Hospital. Sólo lo entregaremos si se repone de sus heridas, o si muere. Y como habéis visto, está más cerca de lo segundo.

Los capitanes no van a salir de allí sin aquel hombre como prisionero, debe quedar clara su autoridad. Cruzándose la mirada toman una determinación, y agarran uno por cada lado los brazos del herido, con intención de incorporarlo.

– Soltad inmediatamente a ese hombre si en algo apreciáis vuestra vida – ruge una voz desde una litera cercana. El hombre que la ocupa también tiene importantes heridas, una venda ensangrentada rodea su cabeza, y otra venda sujeta su brazo en cabestrillo.

– ¿Quién sois vos, caballero, que así habláis a unos hermanos de rango superior de la misma orden?. Debéis respeto y obediencia. No os inmiscuyáis.

– Os debo respeto, pero no os obedezco. Soltad inmediatamente a ese hombre y dejadlo reposar. El sí es un héroe y todos los que aun vivimos en esta habitación defenderemos a este hombre aun a costa de nuestra muerte. Soltadlo he dicho, capitanes, e hincad vuestra rodilla en tierra mientras habléis conmigo, pues soy el comandante de estos hombres y me debéis el respeto y la obediencia que a mí me exigís.

– ¿Qué hace un comandante en una habitación de soldados? – se atreve a cuestionar uno de ellos, ya soltando lentamente al herido sobre la litera.

– Mi destino está unido al de estos hombres. Si este hospital es bueno para ellos también lo es para mí. Y es un gran honor estar aquí con ellos y compartir lo que Dios nuestro señor tenga a bien para con nosotros. Aguardaremos en este hospital hasta que estemos en condiciones de abandonarlo. Las garantías por parte de Saladino de permitirnos embarcar están firmadas.

– ¿Quién os envía y qué queréis? Hablad presto.

– Es el gran Maestre quien nos envía. Este batallón tenía encomendada una orden clara, la de defender un santo objeto. Y han fallado. La reliquia se ha perdido y estamos buscando a los culpables, que por cobardía como la de este hombre han permitido que tal desastre sucediera.

Las cruzadas tuvieron lugar entre los siglos XI y XIII y, más concretamente entre 1096 y 1291. Fueron campañas militares impulsadas por el Papa en cumplimiento de un solemne voto para liberar los lugares santos en Tierra Santa de la dominación musulmana. Fueron sostenidas principalmente contra los musulmanes, aunque también contra herejes, paganos y otros pueblos bálticos bajo edicto de excomunión, que eran enemigos políticos de los papas. Los cruzados tomaban votos y se les concedía indulgencia por los pecados del pasado. El origen de la palabra que les define se atribuye a la cruz de tela usada como insignia en la ropa exterior de los que tomaron parte en esta empresa de reconquista.

Al-Nasir Salah ad-Din Ysuf ibn Ayyub, conocido en nuestra cultura como Saladino, nació en el 1138 en Tikrit, Irak. Sultán de Egipto y Siria y uno de los grandes gobernantes del islam. Unificador político y religioso en Oriente Próximo, líder del ejército musulmán que combatió al ejército cruzado y lo venció en la batalla de Hattin en 1187, tras lo cual ocupó Jerusalén y tomó Tierra Santa. Estos hechos provocaron la Tercera Cruzada liderada por Ricardo I de Inglaterra, más conocido por Ricardo Corazón de León.

El sitio de Jerusalén ocurrió entre el 20 de septiembre al 2 de octubre del año de Nuestro Señor de 1187. La intención de Saladino era tomar la ciudad sin derramamiento de sangre, pero dentro de las murallas se negaron a abandonar su ciudad santa, asegurando que la destruirían en una lucha hasta la muerte. Así fue como comenzó el asedio. En un principio las fuerzas de Saladino se concentraron en la Torre de David y la Puerta de Damasco, hostigadas sus murallas constantemente con flechas por parte de los arqueros, además de máquinas de asedio. Los ataques fueron repelidos una y otra vez durante días. Pero el 26 de septiembre Saladino trasladó su campamento al Monte de los Olivos, donde no había puerta que permitiera un contraataque. Las paredes de la muralla fueron machacadas por catapultas, torre de asedio, fuego griego, ballestas y proyectiles, sin descanso, hasta que fueron destruidas. Aun así Saladino no pudo entrar a pesar de contar con un ejército más numeroso. Hasta que el 2 de octubre fue entregada la ciudad.

– Si estáis buscando a los culpables de la pérdida de nuestra sagrada reliquia vuestra búsqueda acaba aquí. Acabáis de encontrarlos a todos, y los que faltan id a buscarlos al campo de batalla, que es donde están sus cuerpos, probablemente los encontraréis entre las cenizas, porque fueron amontonados por los soldados de Saladino y quemados.

– Explicaros, comandante. Necesitamos saber qué ha sucedido con la reliquia para entregar nuestro informe y dar cumplimiento a nuestro encargo.

– Como ya sabéis, mi responsabilidad y la de mis hombres fue sacar de la ciudad el Santo Grial y ponerlo a salvo en tierra cristiana, lejos de las manos de Saladino y su ejército de infieles. Aprovechamos una de las escaramuzas en la muralla para salir a galope hacia el oeste, habíamos planeado llegar a la costa, tomar un barco y llegar a Trípoli, pero todo se torció. Alguien se percató de nuestro movimiento de escape y dio la orden de concentrar una lluvia de saetas sobre nuestro grupo. En sólo unos minutos la mitad de mis hombres murieron sin defensa posible y estos que veis aquí conseguimos escapar por la gracia de Dios, de aquella muerte cierta. El hombre al que acusáis de traidor cubrió con su escudo y con su propio cuerpo las reliquias, tres flechas atravesaron su espalda. Yo mismo y muchos de mis hombres somos testigos de su comportamiento ejemplar. En el último momento, cuando los sarracenos maniobraban para acabar de barrernos, una contraofensiva de nuestros hermanos guerreros consiguió rechazar a los atacantes y nos ayudaron a entrar de nuevo en la muralla, y a traernos a este hospital. En cuanto estemos en condiciones de viajar, un barco nos llevará a Trípoli.

– Pero ¿y el Santo Grial?, ¿habéis dejado que se lo llevasen los hombres de Saladino?

– Maldito necio. No llevávamos el Santo Grial. No hemos conseguido encontrarlo desde que llegamos en la primera cruzada a Jerusalén. Hemos buscado por todas partes, llevamos años buscándolo, pero no está. Alguien se ha adelantado y no han sido los hombres de Saladino. De ser así no hubiesen atacado nuestra pantomima con tanta saña. Estaban convencidos de que lo teníamos nosotros y atacaron con todas sus armas. Ambos ejércitos seguimos buscándolo con ahínco. Ha desaparecido sin dejar rastro. Pero hay testimonios que apuntan a que el Santo Grial está a buen recaudo en alguno de los reinos cristianos de Hispania. No tenemos otra pista, así que allí es donde dirigimos nuestros esfuerzos, que Dios nos ayude.