cuenco ceramica

el profesor [2 de 2]

Mantuvimos desde entonces una correspondencia periódica poniéndonos al día de nuestras ajetreadas vidas.

En uno de sus correos, el más triste porque ha sido un año muy duro, acaba con esta bendición irlandesa que colocan en la puerta por dentro, para que quien salga de casa la vea

Que el camino se te enderece,
que el aire sople a tu espalda,
que el sol te acaricie con sus rayos,
que la lluvia caiga con suavidad sobre tus campos
y hasta que nos volvamos a ver
que Dios te lleve en la palma de sus manos.

Un año después, también en octubre, el último correo. Parece que tras varias operaciones, mis compañeros cirujanos han conseguido que su sistema digestivo funcione. Nos intercambiamos el teléfono y hablamos en varias ocasiones. A pesar de lo mal que lo está pasando en el hospital, todavía convaleciente, su humor es excelente. Bromea de su propia desgracia, con la despreocupación de uno que no teme por su vida, no por lo que pueda pasar después, sabedor de que después viene lo mejor.

Entonces, otro dato que aparece por internet, me da una dirección un tanto ambigüa. En diciembre de ese año, aprovechando que estoy en Gijón pasando los días de Navidad, me agarro el coche y, sin avisar, me planto en el pueblo. Es un pueblo pequeño, después de parar en dos casas preguntando por Manolo, una vecina me indica.

Me acerco a la verja y sale el perro ladrando como una fiera. La chica que tiene ayudando en la casa sale a ver…. — ¡ Manolo, un señor que pregunta por tí !— … — ¡voy, ho!— Por entre la huerta que viene extrañado y seguramente murmurando por lo bajo pensando si un vendedor de seguros o quién narices le viene a importunar. Viste mono de trabajo azul, llenas de barro las chirucas. —¿Quién yes, ho? —  —Soy yo, Salcines — …

Abre los ojos como platos, acelera el paso y me abre la verja, los brazos abiertos de par en par … — ¡ Coño, Salcines !, pero que sorpresa ho — Manolo tiene un marcado acento bable. — Pillásteme en faena, toi faciendo un horno, para el cabrito que comemos en Año Nuevo los amigos… pero pasa home, pasa padentro, cagüen la mar, Salcines —

Lo deja todo. Me enseña el horno, el taller donde trajina con cerámicas, con un torno para madera, herramientas de todo tipo, para todas las artes, por todas partes. Me enseña la casa, de abajo a arriba. No para de hablar. La casa es simétrica, está estudiada a conciencia siguiendo directrices zen de habitabilidad y uso inteligente, orientada en el eje este-oeste, aprovechando el sol al máximo.

En la planta superior, el sancta santorum, un estudio que ocupa toda la planta de la casa. A la derecha según entras, hay unos trazados en tiza de colores sobre una pizarra; me explica que está resolviendo las homologías 3d de una elipse, que tiene nosecuantas soluciones y que ya ha resuelto la mayoría. Sobre una mesa de caballetes, papeles, pruebas, esquemas. Me enseña su Mac de pantalla de 27 pulgadas, 16 gb de RAM, disco duro de 1Tb de estado sólido. Flipo. Charla muy animada con Manolo, siempre le ha gustado hablar y hablar. Está muy orgulloso de ser uno de los pocos profesores que entrega, a principio de curso, unos apuntes muy elaborados de su asignatura, a todo color, horas de trabajo para editar un pequeño libro — lo doy gratis, Salcines, sólo cobro el material — dice, muy solemne.

La proyección de un punto en el plano es como la caca de una gaviota que va volando sobre la tierra

Manuel Fernández

Nos hemos intercambiado regalos (Navidad está cerca), por mi parte una sanguina que encabeza la primera parte de este artículo, por la suya una cerámica que encabeza la de esta segunda parte y final, que guarda el secreto de una técnica muy especial de trabajar la arcilla blanca, a la que añade pigmentos que generan diseños que recuerdan fractales. Matemática, geometría, química, física… maestro multicientífico mi buen profesor, mi segundo Leonardo…

Pocos después Alvaro, compañero destacado del Codema (Corazón de María, Gijón), me comunica que Manolo nos ha dejado. Don Manuel Fernández Rodríguez se reunió con su amada esposa Balbina y con «El Jefe» el 22 de abril, a los 77 años de edad.

Descansa en paz, querido amigo.