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el camino

Ferrol

Los hechos que se relatan a continuación están basados en hechos reales. Es la historia de una joven. Para mantener su anonimato y proteger su intimidad la conoceremos en este relato con el nombre ficticio de Carmen.

La personalidad de esta joven es abrumadora, de carácter sereno y firme, irradia un atractivo magnetico y sofisticado. Como las polillas van a la luz, las personas se acercan a Carmen no para morir abrasadas por el fuego, sino para cobijarse en el calor humano y la paz que desprende.

Aun y con todo, conocedora del mundo en que vivimos, donde muchas bestias viven al acecho de la buena voluntad de los que, como nuestra joven, van por la vida ayudando y confortando las almas atormentadas de los menos favorecidos. Carmen nunca sale de su casa sin el spray de pimienta en su bolso, y un afilado estilete en su liga.

Viajera incansable, comienza su aventura en Ferrol del Caudillo, el inicio del camino de los ingleses que, tras unas pocas jornadas nos llevará a Santiago, a rendir culto y agradecer al Santo, besar sus pies y aligerar nuestra carga.

Dejaremos para otro momento los acontecimientos, tambien espectaculares acontecidos desde Bristol, la ciudad en la que habita la joven, hasta Ferrol. La travesía marítima, plagada de peligros, o está echa para pusilánimes ni corazones cobardes. Las frías aguas del Mar Cantábrico y la cercanía de Finisterre, finis terrae, el fin de la tierra, donde una casacada enorme te lleva al abismo. El estruendo del agua cayendo por el borde de la tierra se puede oír desde muchas millas, sirviendo de aviso al navegante poco atento, gracias a Dios.

Así pues, es en Ferrol, tras sellar su libro de peregrino, colgada la concha con la cruz roja de la orden en su mochila, inbuida de anímo y valor, donde echa a andar sus pies aun frescos y descansados, ayudada del cayado, desconocedora de los terribles peligros que acechan más adelante…

Neda

El bullicio de la metrópoli en Ferrol da lentamente paso a parajes más solitarios, que van verdeando progresivamente por caminos no tan transitados como otras rutas más masificadas, como el camino francés o el camino del norte. Es el primer día y las fuerzas están intactas. Carmen se ha plantado en Neda en pocas horas.

— Estoy reventada — piensa, mientras observa unas vieiras colgadas en una tablilla, en la pared de una casa, con una cajita roja al lado donde el caminante puede dejar la voluntad. Parece que aun hay sitios donde puedes atar los perros con longanizas. Carmen ha intercambiado una vieira, la más bonita, por un billete de cinco euros que ha metido en la cajita.

Al día siguiente temprano sale hacia Pontedeume y ha acompasado su paso al de unos paracaidistas retirados. —¿Conoces la leyenda de Aureana?— dice Rafa. Sin esperar la respuesta ha empezado a relatar lo acontecido en el Monte de Ancos donde vivía un hombre con sus tres hijas. Una bruja se encaprichó y quiso casar con él, pero había enviudado recientemente y el recuerdo de la mujer era aún fuerte y rechazó a la bruxa. Aquella, despechada y herida en su orgullo, castigólo convirtiendo a sus tres hijas en quesos. Fermín, sin saberlo cortó un de ellos. Para escapar del hechizo las jóvenes trocaronse en caballos y escaparon de la influencia de la bruja, menos Aureana, que al haberla cortado quedó coja de una pata. Condenada a permanecer allí convirtióse en fuente.  A veces en la fuente aparece una serpiente de hermosos ojos que engaña a quien los mira y lo trastorna contando cuentos melodiosos…

Carmen ha recordado el mito de las sirenas que quisieron encantar a Ulises, quien las evitó tapando sus oídos con cera, para no escucharlas. Ahí al frente hay una fuente. Carmen tiene mucha sed, se para y llena una cantimplora con agua fresca, un poco nerviosa por si aparece una serpiente… Se ha refrescado el cuello con agua fría como el hielo…

— ¡Ay, algo me ha picado ! —Una escolopendra cae del pañuelo humedo con el que se ha enjuagado, y sale corriendo por entre unas piedras.

El «coronel», sin pedir la palabra, ha comenzado otro relato, la leyenda de la Capilla de San Cidre (San Isidro), que se cayó de puro vieja porque nadie del pueblo se encargaba de conservarla. Los vecinos aprovecharon y se llevaron las piedras para construir casas, bodegas y horreos. Pero al poco, todas se venían abajo porque el Santo quiere que se reconstruya la capilla.

Cuentan también que en el lavadero de Mourela, donde las mujeres iban a hacer la colada, hay noches que se escucha un  canto melodiosos y que aquellos incautos que se acercan, llévaselos el diablo.

Entre bruxas, diablos, meigas y hechizos, la jornada ha tocado fin sin apenas darse cuenta.

Pontedeume

Puente de mando de la nave insignia USS Enterprise.
El Dr Spock se inclina sobre los cuadros de mando y manipula frenéticamente los controles
— Capitán Kirk, no puedo controlar la nave, nos acercamos hacia el agurejo negro —
El capitán Kirk ladra apresuradamente sus órdenes
— Srta Chapel, deflectores a noventa grados; Spock, inversión del condensador de fluzo a menos noventa por ciento, freno de mano a tope, suelten anclas —
— Tiberius, los deflectores están fuera de servicio — contesta Christine Chapel
— Sobrecarga en el condensador de fluzo, ha estallado la sala de máquinas. Hemos entrado en la singularidad. ¡ Caemos dentro del agujero negro ! —
— Dios mío —
pi pi pi todos los paneles de control parpadean con luces rojas y amarillas, el pitido de alerta máxima es ensordecedor…

pi pi pi El despertador de Carmen es ensordecedor, son las 6 en punto de la mañana, apenas ha dormido y la jornada de hoy tiene una dificultad de 3 sobre 5. Con las imágenes de la última pesadilla aun frescas en su mente, un objeto volante no identificado flotando sobre una pradera de color verde fosforito, un rayo tractor sale por la barriga del ovni y está cortando por la mitad a una vaca de raza rubia cachena, que muje desesperada.
Carmen salta de la cama como impulsada por un resorte para disolver la pesadilla, las ganas de ver al santo espolean su modorra. El cuello le pica una barbaridad. Al mirarse al espejo descubre un ronchón de color morado enorme, casi palpitando. Ha de hacer un alto en el próximo dispensario médico que encuentre.

Tres horas después está a mitad de camino, rumbo hacia Betanzos. Aquí la vegetación es frondosa: helechos, ortigas, macizos de hotensias a uno y otro lado de las cunetas. De pronto, dibujado sobre una placa de hormigón de forma triangular unos enigmáticos signos: en la base del triángulo dos mechones de yerba, representando la tierra, y flotando en el vértice superior, dibujado con piedrecitas, la forma indiscutible ovalada de un ovni, y saliendo de ovni un rayo que desciende hacia la tierra. Parecen las lineas de Nazca, pero en pequeñito. Qué sorpresa reveladora. El sueño parece una premonición.

Aún más inquietante es el hecho de que dos kilómetros adelante, unas hierbas secas rodeadas de vigorosa vegetación verde, parecen haber sido abrasadas por el rayo tractor de un posible ovni y, tras un murete de piedra de esos que separan las lindes de los pequeños minifundios gallegos, una vaca amistosa parece llamar la atención de Carmen con un lastimero mujido. No está del todo claro si son pulpos o rizomas, pero a los pies de la vaca florecen unas concrecciones de color rosado con pintas negras que talmente parecen alienígenas, pero en pequeñito. Son dos, los brazos extendidos como buscando alimento cercano.
Un escalofrío sacude el cuerpo de Carmen. Está sudando copiosamente y la frente está caliente. Seguro que tiene fiebre. La mordedura supura.

Betanzos

En su novela Mazurca por dos muertos, don Camino José Cela, hombre conocido por su capacidad de absorber agua por el ano hasta un volumen de un litro. Don Camilo, digo, señala las nueve señales del hijo puta, que son: La primera el pelo ralo, la segunda la frente buida, la tercera la cara pálida, la cuarta es la barba por parroquias, la quinta son las manos blandas, húmedas y frías, la sexta es el mirar huido, la séptima la voz de flauta, la octava es el pijo flácido y doméstico y la novena señal del hijoputa es la avaricia.
El hombre que está podando un eucalipto gigante, que necesitaria de diez mujeres como Carmen para abarcar su tronco, lleva 7 de las señales del hijo puta, y tiene una cara de pocos amigos, de bicho malo malo malo eres.
– Oiga, buen hombre, ¿conoce de algún médico por aquí cerca? – pregunta Carmen con el dedo metido sobre el pulsador del spray de pimienta, escondido en el bolsillo derecho de su chubasquero de peregrina.
– Ome, señorita, médicos médicos hay muchos… pero buenos… – para la motosierra para que se le entienda mejor.
– Esa herida en el cuello tien mala pinta eh. Sabe que le digo, pregunte por Avelina, la meiga, cuando llegue a Bruma, y que se lo mire. Es la mejor. Con Dios, señorita, que el santo la acompañe.
– Avelina, la meiga, confirma el subconsciente de Carmen…

«La leyenda de las cien doncellas»

Es Betanzos una de las poblaciones más antiguas de Galicia; fundada por Breogán, caudillo celta.
Un oscuro periodo cubre la historia desde la invasión sueva, hasta el feudo que sobre Mauregato había logrado el rey moro Abb-el-Rahaman en 783, con el ‘Tributo de las Cien Doncellas’ Habiendo triunfado Mauregato apoyado por los musulmanes, reinó en el transcurso de varios años en el extremo Noroeste de España al que los mahometanos llamaban Jaliquia ( Galicia), y se cumplió el innoble compromiso contraído echando suertes entre sus vasallos, a fin de señalar aquellos que deberían entregar sus hijas para pagar el malhadado tributo, de todos odiado y por todos maldecido.

Reuníanse las doncellas gallegas en una torre llamada por esto “ la Torre de Peito Bordelo “ , es decir la torre del oprobio; y allí eran recogidas por los jefes moros que, en sus galeras trasladábanlas al Califato de Al-Andalus, para ir renovando los harenes.

Pero sucedió que una vez le tocó la suerte, la mala suerte, a un hidalgo que no se resignaba a perder a su hija, única y muy querida por él, y mandó llamar en secreto a sus cuatro hermanos y a otros paisanos. Llegado el día señalado para que se reunieran las jóvenes que habrían de constituir el pago del oprobioso tributo, aquel hidalgo, para no infundir sospechas, hizo vestir a su hija con los más ricos vestidos, como le habían ordenado, y la condujo al lugar de la entrega. Los conjurados, vestidos unos de mujer, se habían mezclado con las doncellas que iban a ser entregadas; los mas se ocultaron en un espeso figueiral (lugar muy poblado de higueras) que allí próximo había, armados con ramas de higueras y preparados para la lucha.

Y cuando los jefes moros se descubrieron de las celadas protectoras ante las que iban a ser sus cautivas, rápida y súbitamente se hecharon sobre ellos los parientes y amigos de aquellas y les dieron muerte antes de que pudieran darse cuenta de lo que sucedía, En vano acudieron los guerreros de la escolta; más y más hidalgos y hombres del pueblo armados con ramas de las higueras salían de entre estas, y la lucha que se trabó fue terrible; pero pronto vencieron los gallegos, derrotando completamente a los moros y adueñándose de las galeras que, varadas en el embarcadero, esperaban aquella carga de doncellas, que así quedaron libres de la esclavitud afrentosa a que se veían condenadas.

Lo cierto fue que, en recuerdo de aquel acontecimiento, el hidalgo adoptó el apellido de Figueroa, y puso en su blasón una rama de higuera con cinco hojas (una por cada hermano).

BRUMA

Se suceden los cruceiros, las iglesias y ermitas, y las flechas armarillas que guian al peregrino. Pasados varios pueblos ha llegado a la iglesia románica de San Pelayo, con una imagen del santo agonizando por causa del martirio al que fue sometido en Córdoba con sólo 14 años de edad. Aquí mismo un lugareño le ha dado indicaciones para llegar a la casa de la meiga, muy conocida en el lugar, con más fama que el curandero de Boñar.
Solo hay que desviarse del camino cuatro kilómetros pasado Outeiro. Atravesando un bosquecillo de laureles llega sudorosa a casa de Avelina, la meiga.
— Boas tardes Avelina ¿se puede pasar?—
— Abriste a porta y entraste, ¿qué te lo impide, eres tonta o qué? — Avelina tiene malas pulgas. Es meiga desde los 7 años y se dedica en enmeigar, a deshacer conjuros maléficos y mal de ojo de las bruxas; a veces asiste de partera cuando los terneros vienen de culo.
Un gran caldero cuelga en la chimenea y se oye un chup chup de cosas hirviendo en su interior, al calor de las brasas. El olor que desprende es penetrante, como de ortigas recién cortadas. La cara de Avelina es exactamente igual que la de Frida Kahlo, con una sola ceja sobre los ojos, un marcado bigote bajo una nariz de agujeros poblados de largos pelos negros, y una mala leche provervial.
— ¿Estás haciendo una poción, buena mujer?—
— Qué coño poción ni qué mandangas, es la sopa para la cena. Si, creo que definitivamente eres un poco tonta ¿eh?— dice removiendo el cucharón— Pero vaya, ya veo lo que te trae, picote un curuxuelo en el cuello. Tuviste suerte, de haberte mordido la vena hubieses muerto envenenada después de cinco pasos, no más.— Se levanta de la banqueta y se dirije directa hacia ella.
— Trae, voy a leerte la mano, la mano dice muchas cosas—
Carmen ofrece su mano confiada pero temblorosa a la anciana. Avelina la coge firmemente y empieza a recorrer con un dedo gris, viejo y arrugado las lineas. Sin previo aviso, la planta un escupitajo sonoro y con sustancia en la palma.
— Ja, todas picais, pero qué pringadas — sonrie misteriosa con mas huecos que dientes.
— Pero hablemos de negocios. La tarifa normal son 200 euros, y no pienso bajar ni un centimo. Lo tomas o lo dejas.
— No tengo tanto dinero, buena mujer, pero le puedo dar mi corazón — ofrece un pequeño corazón que ha soltado de su mochila, de ganchillo con lana de color rosa, manufacturado por Jesús, experto crochetero.
— Pos no es tan mal pago, non. Suelen pagarme en gallinas viejas, en panes duros o en nada moitas veces. Nunca nadie me ha ofrecido su corazón. Y tu has ablandado el mío, escucha atentamente: Mañana, cerca ya de Santiago, bajando el monte en el camino verás como unos pulpitos, pero sin cachelos, de color rosado… —
— de color rosado con manchas negras, ¿verdad?—
— No son manchas, son topos, y de color marrón oscuro, lista. Pues sí. Ahí justamente ahí te adentras en el bosque y aguardas a que den las 12 en punto. Lo que haiga de ser… será.
Y no puedo decirte más, vete en paz.—

SANTIAGO
En un bosque cercano a Santiago de Compostela, a la hora señalada, Carmen deambula sin rumbo fijo pensando si la meiga no le habría gastado otra broma pesada. Pero a las 12 en punto de la noche, detrás de la arboleda cercana, asoman unas luces débiles y titilantes, como estrellas lejanas, y se siente más que se oye, como un rumor de pasos, como crujir de hojas secas, y una corriente de aire frío como el hielo acaricia el rostro de la joven que acaba por darse cuenta de lo que está sucediendo.

A las doce en punto se levantan los difuntos y salen en procesión. Una persona viva va delante con una cruz y un caldero de agua bendita, acompañando hasta el alba la comitiva sin poder volver la vista atrás bajo ningún pretexto. Cada difunto lleva una vela cuya luz es invisible, aunque se percibe claramente el olor a cera que arde. El hombre que va adelante está condenado a vagar noche tras noche y esperar a que otro incauto sea sorprendido y así pasar el pesado relevo. El hombre que va delante se para en frente de Carmen, se presenta a ella como Fiz de Cotovelo y le entrega la cruz y el caldero, antes de que le de tiempo de hacer un círculo en la tierra para quedar libre de dirigir la compaña.

Pasa el tiempo, lleva 21 días encabezando la triste marcha de la Santa Compaña, llevando la cruz y el caldero, sin atreverse siquiera a mirar atrás ni aunque sea de reojo, porque la pena es de muerte.

Aun y con todo, la paciencia de la joven acaba hoy y ahora, en el día 22. Se ha dado la vuelta y se ha enfrentado a todos ellos. Una luz tenue azulada define las formas de los que vivieron antes, las velan iluminan tenuemente su caras espectrales, flotando en una noche iluminada por una luna llena como de hombre lobo. Carmen recita unos versos tiempo antes leídos y memorizados:

«Al final del camino me dirán:
— ¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo sin decir nada
abriré mi corazón lleno de nombes»

Y uno por uno pronunció el nombre de cada ánima y, por cada nombre pronunciado, un alma liberada de la penitencia le daba un abrazo, la besaba dulcemente las mejillas y se elevaba al cielo, brillando como mil estrellas.

Temprano a la mañana, inició el descenso y llegó a Santiago y, entrando con humildad por un lateral de la catedral, pues esta se encontraba entonces en obras, subió tras el altar y abrazó al Santo. Si hubiese habido algún observador, hubiera tenido que frotarse los ojos porque por un momento pareció que el Santo sonreía.

Luego, por la tarde, cabalgando una motocicleta conducida por Kike, su ferviente enamorado, inició el camino de regreso a gran velocidad, por la nacional VI.