relato angel caido

el ángel caído

A primera hora de la mañana alcanzamos la otra orilla del Estigia. Me despedí de Caronte con cortesía pero sin excesiva efusión, no había cruzado una sola palabra conmigo en todo el viaje. El viejo sólo había mostrado un atisbo de interés cuando puse sobre sus agrietadas manos de barquero eterno, las dos monedas estipuladas, una de oro y otra de plata. Atisbé un brillo en sus ojos oscuros como la muerte cuando la moneda de oro tocó su piel. Guardó las monedas en su bolsa, sujeta con cordones a su oronda barriga.

Un breve paseo por una avenida flanqueada de bellas estatuas de mármol me condujo a las oficinas principales del Hades. Un brillo cegador, muy acogedor, lo envolvía todo y lo llenaba de paz. La ventanilla de información, al fondo del hall. El reloj que presidía el centro geométrico de la enorme cúpula de luz parecía flotar suspendido de un cordón invisible desde el cenit de aquel mundo. Marcaba las 8:05.

– Buenos días… – empecé dubitativo, el funcionario tenía la cabeza baja, una visera de plástico color verde esmeralda le daba sombra a sus ojos invisibles y le protegía del resplandor omnipresente, mientras que con una especie de sello de color verde golpeaba, primero un tampón muy usado, después lo estrellaba con estruendo en una pila de papeles… bing bang, bing bang… una y otra vez.

– Llega usted tarde – dijo sin levantar siquiera la vista.

– El Estigia estaba algo revuelto y…-

– La misma excusa una y otra vez. ¡A ver, papeles! –

– Sí, aquí está todo – extendí los documentos, girados hacia él para ahorrarle la molestia de darles la vuelta. No agradeció el gesto y me los arrebató de la mano con cierto desdén. Consultó los documentos, contrastó la información en un vetusto monitor. Tomó un sello de color rojo sangre – bing bang –

– Sellado, pase con este certificado a la oficina de ingresos allá, al fondo. Allí le informarán del siguiente paso. Dese prisa, llega usted tarde.

– Gracias, que tenga usted buen… – bing, bang, bing, bang – continuó con el sello de color verde.

Eché un fugaz vistazo a los papeles mientras me dirigía a la oficina de ingresos. El sello impreso en mis documentos rezumaba una tinta muy roja, como sangre. La gravedad deslizó una gota espesa hacia el borde inferior, se quedó un momento sujeta debido a la tensión superficial, pero acabó cayendo al piso, inmaculadamente blanco – splash – Curiosa acústica tiene esta estancia. Me ha parecido oir el sonido de la gota al estrellarse en el suelo.

– Paparruchas, serán figuraciones mías – Pero me extrañó tanto que otros viajeros girasen la cabeza al unísono, en mi dirección. Luego, al continuar avanzando, noté claramente cómo el personal se apartaba a mi paso… ¡me estaban evitando! Me puse nervioso y entré en la oficina de ingresos sin llamar a la puerta, sin pedir permiso, turbado.

– Eh, usted, pase por aquí. Le estoy esperando desde hace tiempo. Llega tarde ¿sabe?

– Bueno, si, es que… Me arrebató el certificado antes incluso de hacer el gesto de extendérselo. Le echó una rápida ojeada muy profesional. Enarcó las cejas.

– Vaya. Mala suerte. Rechazado. Es el primero de hoy. En fin.

– ¿Cómo rechazado? ¿Qué dice usted? ¿Dónde pone eso?. Acabo de mirarlo y no he visto nada de… Giró el documento y lo plantó delante de mis ojos. Una palabra en rojo sangre coagulada cruzaba diagonalmente, de abajo arriba, un folio ajado y amarillo como de cien mil años de antigüedad. Decía claramente INFIERNO.

– Pero, pero vamos a ver hombre. Aquí tiene que haber un error…

– Oiga, listillo ¿está usted sugiriendo que nos hemos equivocado?

– Por supuesto que se han equivocado. He llevado una vida intachable hasta ayer mismo en que aquel cabrón se me echó encima y, no contento con llevarse todo lo que tenía, me clavó aquella navaja que parecía una espada…

– Bueno, señor, le sugiero que se calme o me veré obligado a avisar a los de seguridad…

– Por mí puede usted llamar a su madre si lo desea. Exijo hablar con su superior ahora mismo. No me voy a mover de aquí hasta que alguien me explique qué es esta broma…

Sólo ví el gesto del funcionario, levantando la mano por encima de la cabeza, chascó los dedos, luego… Luego todo está confuso y atropellado en mi dolorida cabeza. Dos jabatos blandiendo sendas porras, como la espada del ángel exterminador, viniendo hacia mí. Pim, pam. Dolor. Oscuridad. Cada uno me agarraba de un brazo y sin ninguna consideración me llevaron arrastras hacia una puerta roja. A medio camino me crucé con un joven que llevaba un flamante papel de color verde claro. Supe sin mirarlo que aquel papel ponía CIELO, en grandes letras de color verde, cruzando en diagonal…

– ¡Un momento! ¡Es ese! ¡Ese es el que me clavó ayer un puñal como un machete de grande! ¡Eh, cabrón, ven aquí! ¡Esto es un error! ¡Estáis equivocados! ¡Esperad, esperad os digo!.

Dos porrazos más, una luxación en el hombro, y un fuerte dolor de riñones acabaron con la poca lucidez que me quedaba. La última vez que levanté mis pesados párpados pude ver claramente a mi atacante, levantando el dedo corazón en la distancia. Cuando volví a girar la vista, el macho cabrío, que ambulaba bípedo a mi encuentro, obscenamente desnudo, sonreía arcanamente

– Así que usted Angel de Paz, ¿eh?. Tenga la bondad de acompañarme. Por aquí, por favor, a la sala de torturas. ¿Es usted virgen, quizá?