debajo de la cama relato

debajo de la cama

— ¡Papa! No puedo dormir… —

— Vamos, Cristina, es muy tarde y mañana tienes que madrugar para ir al cole. ¿Qué pasa? — Iba diciendo por el pasillo, con un vaso de agua en la mano para ahorrar el viaje, porque supuse que a continuación vendría —papá tengo sed. —

— Papá, hay alguien debajo de la cama. —

Me quedé petrificado, medio vaso de agua derramado por el suelo. Me precipité al cuarto de Cristina y encendí la luz en el preciso momento que una mano huesuda salía de debajo de la cama… desapareciendo de la vista casi en el instante mismo de encender la luz. Cogí a la niña en brazos y la llevé a mi cama.

— Duérmete cielo, que ahora mismo vengo contigo… y no apagues la luz — dije, intentando aparentar tranquilidad. — Ten, bebe un poco de agua. —

A continuación fui al cuarto de Cristina, cerré la puerta, me tumbé en la cama y apagué la luz…

— ¿Por qué has roto el trato? ¿Qué pretendes? — dije en tono firme, simulando un aplomo que sentía cómo me abandonaba a cada momento.

— Me muero de hambre, necesito comer. —

La voz, casi un siseo imperceptible, me heló la sangre.

— No a mi hija. Regresa a tu mundo. —

— Sabes que no puedo, estoy atado al tuyo… Dime, ¿cómo lo vas a impedir? No puedes estar vigilando el resto de tu vida.

Vinieron a mi mente recuerdos de hace años. Yo tendría unos doce, y me vi tumbado en mi cama, escuchando los mismos ruidos que habría oído mi hija, los siseos y arañazos de un ser que se afanaba por salir de debajo de la cama.

Los monstruos no existen, dicen. Son cuentos para asustar a los niños y que se vayan a la cama, y se queden calladitos. ¡Ja! Tu y yo sabemos que existen, sobre todo los de debajo de la cama ¡vaya que sí¡ La cuestión es, ¿cómo deshacerse de ellos y evitar que te descuarticen, te desangren, te coman vivo?

El secreto lo descubrí hace años y tiene mucho que ver con la luz. Mientras tienes la luz encendida, leyendo un tebeo, estás a salvo. Cuando apagas la luz vienen ellos. Se agazapan debajo de la cama, en el rincón más oscuro… y aguardan. Aguardan a que te quedes dormido para saltar sobre ti, y entonces estás perdido.

Pero es tanto el temor que tienen a la luz que, por ese mismo terror a que enciendas la luz justo cuando están saliendo del oscuro cobijo, aguantan años y años… esperando su momento. Sí, lo descubrí hace tiempo.

Entonces agarré una linterna que tenía preparada bajo la almohada, con la intención de encenderla bajo la cama, enfocando justo al rincón más oscuro donde sabía que estaba él.

Y justo en ese momento, se iniciaron las negociaciones.

— ¡Por favor, no enciendas! —

— Y tú, ¿qué harás a cambio? —

— No te atacaré, viviré contigo toda tu vida, como los otros. Pero no te atacaré. Te lo juro… Comeré pelusillas y los insectos que pueda atrapar. Por favor… no enciendas la linterna… —

Ahora comprendo que no puedo estar el resto de mi vida pendiente de la palabra de un monstruo hambriento. Ya ha esperado demasiado y no puede esperar más. Ha de tomarse una determinación urgentemente, hoy mismo, ahora mismo.

Y esta es mi decisión.

Encendí la luz para evitar un ataque desesperado (estará ahí quieto, en el rincón oscuro, sin poder moverse a otro sitio más seguro), cogí una cámara de fotos, puse pilas nuevas y ajusté en el menú la opción de flash forzado y disparo continuo, apagué la luz…

— Por favor, no lo ha… — clac, clac, clac ¡¡ FLASH !!