auf wiedersehen acuarela

auf wiedersehen

Bastogne. 14 de diciembre de 1944. A las tres horas y cincuenta minutos, el soldado William “Detroit” Johnson estaba contando los últimos minutos para acabar su guardia.

Aterido de frío, con los músculos agarrotados en su pozo de tirador, con la mirada perdida por el sueño, sintió un fuerte golpe en su casco que le despabiló.

Apretando por instinto su fusil, levantó ligeramente la cabeza mirando hacia atrás con cara de pocos amigos, pensando que algún gracioso le había lanzado una piedra.

Escudriñó la oscuridad durante unos instantes pero no vio ningún movimiento delator. — Habrá sido el capullo de Morris. — pensó.

Se quitó el casco y lo inspeccionó. Descubrió una abolladura en el lateral izquierdo. — Rayos, ¿una bala perdida? Vaya, ha estado cerca…  — se dijo.

Al colocarse de nuevo el casco y volver su atención al frente creyó que soñaba despierto. Una figura en la distancia se acercaba hacia él sin ningún tipo de precaución, avanzando con determinación. William sostuvo su fusil y aguardó a que se acercase un poco más. A menos de veinte metros se convenció de que vestía uniforme alemán, buscó armas pero no vio ninguna. El klaus que venía desarmado debía de estar loco. Inaudito.

Le dio el alto a unos diez o doce metros. El alemán levantó sus manos, disminuyó el paso pero no se detuvo hasta los tres metros, un milisegundo antes de que William fuese a apretar el gatillo. Entonces se paró y se sentó frente a Willy, como si nada.

— Buenas noches, amerricano.— Dijo con marcado acento.

— Debes estar loco, Klaus, para venir a nuestras líneas de esta manera. ¿Quieres acabar la guerra pronto, verdad? — Le espetó William, ladrando con su cerrado inglés de Detroit, cuando consiguió recuperarse de la sorpresa. — ¿Te has perdido?

— Nein, amigo. He venido para hablar contigo. Será solo un momento. Tu guardia está a punto de acabar, ¿no?

— Pon tus manos sobre la cabeza, voy a registrarte. Eres mi prisionero y voy a entregarte a mi superior. — Dijo Willy, aunque por algún motivo que no alcanzaba a comprender, sabía que no iba a ser tan fácil.

— Creo que deberías dejar tu fusil y venir conmigo.

— Pero qué te has creído… ¿crees que vas a capturarme en mis propias líneas, y desarmado? ¡Debes estar muy loco, alemán!

— Vamos, Willy, no te lo pongas tan difícil. Estás deseando acabar con esta guerra desde que la empezaste. ¿Qué te lo impide? ¿El honor? ¿El deber? Vamos, hombre, ven.

El soldado alemán adelantó unos centímetros su cara y entonces Willy “Detroit” Johnson vio viejas arrugas, ojos como brasas, inteligentes y eternos. Sin pensarlo dos veces, Willy dejó su fusil sin ruido, apoyado en la pared de su pozo de tirador. De un salto salió del mismo.

— Vamos, alemán, estoy preparado.

***

El día 14 de diciembre de 1944, a las tres horas y cuarenta y cinco minutos de la madrugada, el soldado Wolfgang Steiner, consultó su reloj. A falta de pocos minutos para el fin de su guardia decidió hacer un último barrido.

Encaró su Gewerh 43 con mira de cuatro aumentos y comenzó un arco de unos 45 grados desde su izquierda… buscando un blanco. Lo encontró a unos trescientos metros, un poco a su derecha. La noche era oscura pero un brillo  en las gafas del soldado Johnson delató su posición. Wolfgang no se lo pensó dos veces. Contuvo la respiración unos instantes y apretó suavemente el gatillo.

Fue un tiro perfecto. La bala atravesó limpiamente el casco de Johnson dejando atrás un cerebro hecho papilla.

Johnson quedó tal cual estaba, sentado en su pozo de tirador, esperando el relevo de su última guardia.